La Mente Versus el Corazón

Todos coincidimos que jugar a nuestros juegos favoritos en el casino constituye un momento excitante, donde nos divertimos, y podemos sentir la adrenalina de apostar por dinero. Pero, ya sea en la ruleta, el póker, el Black Jack o las máquinas tragaperras, todos ellos tienen un denominador en común, y es que la emoción es enemiga del buen desempeño del apostador.
Para apostar, y ganar, hay que estar bien al tanto de las posibilidades de que la jugada que buscamos se concrete. Por ejemplo, no hay lugar para la emoción cuando apuesto en el póker, una vez que el turn se ha revelado, y todo mi juego depende de una carta que forzosamente debe salir ya sea en el river o en el turn.
Si todo mi juego depende de que una de esas dos cartas sea, un as, por ejemplo, no puedo apostar, sin importar cuánto crea que la suerte está de mi lado.
Si vengo de una racha perdedora, y busco desesperadamente revertir las pérdidas de toda la noche en un par de manos, el panorama no es alentador. La emoción, ya sea la excitación, la sobre confianza, o mismo el temor, son malas consejeras a la hora de apostar. La premisa, para tener alguna chance ante la banca, es estar bien atento de mis posibilidades matemáticas, y no cometer ninguna insensatez.
Baste recordar que el casino vive de eso, y no solo eso sino que obtiene pingües ganancias. Y además el croupier que está frente nuestro es un profesional. Es su trabajo que la casa gana y que nosotros perdamos. Si voy a encarar la jugada con el corazón en vez de con la cabeza, las posibilidades de tener éxito merman considerablemente.
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