
Los campeones de ajedrez ganan sus partidas en mérito de su maestría. Los ganadores en póker también lo hacen en mérito de sus habilidades. ¿Pero por qué a nadie se le ocurriría jugarle por dinero una partida a un maestro de ajedrez y por qué los aficionados insisten en enfrentar a profesionales o a otros que, sin llegar a serlo, acostumbran ganar? El ajedrez es un juego de habilidad casi en su estado puro. Con una diferencia sustancial de nivel, el que gana, ganará siempre. En esas condiciones, el aficionado sabe rápidamente que es un perdedor.
En el póker sucede algo diferente. La combinación dosificada de suerte y habilidad asegura que los perdedores no pierdan en todas las ocasiones. Aunque en el largo plazo están condenados si juegan en mesas donde se encuentran por debajo de la media, habrá muchas veladas en las que la suerte de corto plazo estará de su lado. Este incentivo será el que los haga reincidir con las esperanzas de que se repita y además mantendrá elevado su ego.
Para los que caigan en la cuenta de que van efectivamente perdiendo, quedará el consuelo de achacarlo a su mala suerte. Es por eso que no persistirán aquellas variedades de póker que favorecen en exceso la habilidad. Morirán de causa natural por parecerse al ajedrez jugado por dinero. Tampoco sobrevivirán aquellas en las que el azar sea un componente desmedido. Al minimizar el factor destreza, carecerán de la presencia de buenos jugadores.
